Éric Toussaint, Damien Millet
Desde
agosto de 2007, los bancos estadounidenses y europeos se encuentran bajo los
focos de la actualidad debido a la grave crisis que padecen, y que hacen
padecer a todo el sistema neoliberal en bloque. El monto actual de la
devaluación de activos que se vieron obligados a efectuar supera los 200.000
millones de dólares. Diversos servicios de estudio de los bancos y
experimentados economistas consideran que la factura superará el billón de
dólares (1.000.000.000.000 USD)[1]
¿Cómo
han podido los bancos construir tal montaje de deudas tan irracional? Los
organismos de créditos hipotecarios concedieron préstamos a un sector de la
población ya fuertemente endeudado. Las condiciones de estos préstamos, de alto
rendimiento (para el prestamista), constituyen una auténtica engañifa: el tipo
es fijo y razonable durante los primeros dos años, pero luego sufre un fuerte
aumento. Los prestamistas afirmaban a los clientes que el bien que adquirían
con el préstamo se valorizaría en poco tiempo dado el aumento de los precios en
el sector inmobiliario. El quid de la cuestión es que la burbuja inmobiliaria
finalmente estalló en el 2007, y los precios comenzaron inexorablemente a
bajar. Como el número de impagos tuvo un considerable crecimiento, los
organismos de crédito hipotecario comenzaron a verse en dificultades para
reembolsar sus deudas. Para protegerse, los grandes bancos se niegan a conceder
nuevos préstamos o prestan a un interés mucho más alto. Pero la espiral no se
detiene allí, porque los bancos habían comprado un gran volumen de acreencias
hipotecarias, y en gran parte fuera de balance, creando unas sociedades
específicas llamadas Structured Investment Vehicles (SIV), las que financiaban
la compra de deuda hipotecaria de alto rendimiento, transformadas en títulos
(CDO, Collateralized Debt Obligations).
A
partir de agosto de 2007, los inversores dejaron de comprar los commercial
papers emitidos sin garantía por las SIV, la salud y la credibilidad de los
cuales estaban muy deterioradas. En consecuencia, las SIV se quedaron sin
liquidez para comprar los créditos hipotecarios titularizados, con lo que se
amplificó la crisis. Los grandes bancos que habían creado las SIV tuvieron que
asumir los compromisos de éstas para evitar que quebraran. Mientras que hasta
entonces las operaciones de las SIV no figuraban en su contabilidad (lo que les
permitía disimular los riesgos asumidos), tienen ahora que incluir en sus
balances las deudas de las SIV.
Resultado:
¡Pánico a bordo! En Estados Unidos, 84 sociedades de crédito hipotecario han
quebrado o cesado parcialmente su actividad entre el 1º de enero y el 17 de
agosto de 2007, mientras que en todo el año 2006 fueron sólo 17. En Alemania,
el banco IKB y la institución pública SachsenLB fueron salvados a último
momento. Recientemente, Inglaterra tuvo que nacionalizar el banco Northern
Rock, en bancarrota. El 13 de marzo de 2008, la Carlyle Capital Corporation
(CCC), cuya proximidad declarada al clan Bush es bien conocida, se desmoronó:
sus deudas representaban 32 veces sus fondos propios. Al día siguiente, el
prestigioso banco estadounidense Bear Stearns (5º banco de negocios de Estados
Unidos), falto de liquidez, pidió ayuda a la Reserva Federal de Estados Unidos
(la Fed) para obtener una financiación de urgencia. Será comprada por el banco
JP Morgan Chase a precio de ganga.
Varios
segmentos del mercado de la deuda constituyen construcciones endebles en vías
de derrumbarse. Arrastran en su fracaso a los poderosos bancos, a los hedge
funds, a los fondos de inversión que las habían creado. El salvamento de las
instituciones financieras privadas se lleva a cabo gracias a la intervención
masiva de los poderes públicos. La privatización de los beneficios, la
socialización de las pérdidas son una vez más la solución del problema.
Pero
se impone una pregunta: ¿Por qué los bancos, que ahora no vacilen en anular
unas deudas dudosas de decenas de miles de millones de dólares, siempre se han
negado a anular las deudas de los países en desarrollo? Están demostrando que
esto es perfectamente posible y absolutamente necesario. Recordemos que en el
origen de las deudas actuales, cuyo pago reclaman los bancos a estos países, se
encuentran unas dictaduras criminales, unos regímenes corruptos, unos
dirigentes fieles a las grandes potencias y a los acreedores. Los grandes
bancos han prestado sin miramientos a regímenes tan poco recomendables como los
de Mobutu en el Zaire, de Suharto en Indonesia, a las dictaduras
latinoamericanas de los años 1970-1980, amén del régimen del apartheid de
Sudáfrica. ¿Cómo pueden continuar infligiendo el yugo de la deuda a unos
pueblos que han sufrido unos regímenes dictatoriales que ellos mismos
financiaron? En el plano jurídico, son numerosas las deudas odiosas que figuran
en sus libros de contabilidad y que no deben ser pagadas. Pero los bancos
continúan exigiendo su reembolso.
Así
mismo, recordemos que en 1982 la crisis de la deuda del Tercer Mundo fue
provocada por el alza desmedida y unilateral de las tasas de interés decidida
por la Fed. Antes de esto, los bancos privados habían impuesto préstamos a tasa
variable a unos países ya sobreendeudados, que finalmente fueron incapaces de
afrontar. En estos momentos, la historia se repite, pero esta vez en el Norte y
de una manera específica: los hogares sobreendeudados de Estados Unidos se
encuentran en la incapacidad de devolver su deuda a plazo variable porque la
burbuja ha estallado.
Las
anulaciones de deuda que realizan los bancos dan la razón a todos los que, como
el CADTM, reivindican la anulación de la deuda de los países en desarrollo.
¿Por qué? Porque la deuda a largo término de los poderes públicos del Tercer
Mundo con los bancos internacionales llegaba a los 181.900 millones de dólares
en el 2006.[2] Desde agosto de 2007, han tenido que anular una suma muy
superior, y esto no ha acabado...
Los
grandes bancos privados han pecado tres veces:
—
construyeron unos montajes desastrosos de deuda privada que han llevado a la
actual catástrofe;
—
prestaron a las dictaduras y obligaron a los gobiernos democráticos que las
sucedieron a reembolsar con creces hasta el último céntimo de una deuda odiosa;
—
se niegan a anular la deuda de unos países en desarrollo, a pesar de que su
reembolso implica el deterioro de las condiciones de vida de las poblaciones.
Por
todas estas razones, es necesario exigir que rindan cuentas de sus maniobras en
el curso de las últimas décadas. Los gobiernos de los países del Sur tienen que
llevar a cabo auditorías de su deuda, como hace actualmente Ecuador, y repudiar
todas sus deudas odiosas e ilegítimas. Los banqueros demuestran que esto es
perfectamente posible. Se trataría del primer paso para hacer que las finanzas
desempeñen el papel que les corresponde, el de una herramienta al servicio del
ser humano. De todos los seres humanos.
Damien
Millet, portavoz del CADTM Francia (Comité para la Anulación de la Deuda
Pública del Tercer Mundo, www.cadtm.org, autor de Africa sin deuda, Icaria,
Barcelona, 2008.
Eric
Toussaint, presidente del CADTM Bélgica, autor de Banco del Sur y nueva crisis
internacional, El Viejo Topo, Barcelona, 2008 y Abya Yala, Quito, 2008
Traducción:
Griselda Pinero y Raul Quiroz