El martes 14 de
julio de 1936 el diario Ahora, que entonces se publicaba en Caracas,
insertó en la primera página el siguiente editorial, bajo el título de «Sembrar
el petróleo». Fue esta la primera vez que en Venezuela se hacía un
planteamiento de esta clase y también la primera aparición de esa consigna de
«sembrar el petróleo». Quizá una buena medida para saber hasta donde ha
avanzado la Venezuela chavista sería investigar hasta donde sigue basada en lo
que allá hace 72 años se llamó “economía destructiva” Arturo Uslar Pietri (1906-2001) fue un
novelista venezolano cuyo interés por su país queda claramente reflejado en su
obra narrativa y en su actividad política. Las lanzas coloradas (1931)
representa a la perfección sus primeras obras. En ella, con el fondo de la
guerra de independencia de Venezuela, describe los acontecimientos de ese
periodo a través de las experiencias de un propietario agrícola simpatizante de
Simón Bolívar y de un capataz que apoya la causa de los españoles. Ensayos de y
sobre Arturo Uslar Pietri pueden encontrarse en la hoja web Bitblioteca, en la
dirección http://www.analitica.com/bitblio/uslar/default.asp
Particularmente interesante para el
indigenismo latinoamericano es el titulado “Algunos indios”
Sembrar Petróleo
Arturo Uslar Pietri
Cuando se considera
con algún detenimiento el panorama económico y financiero de Venezuela se hace
angustiosa la noción de la gran parte de economía destructiva que hay en la
producción de nuestra riqueza, es decir, de aquella que consume sin preocuparse
de mantener ni de reconstituir las cantidades existentes de materia y energía.
En otras palabras la economía destructiva es aquella que sacrifica el futuro al
presente, la que llevando las cosas a los términos del fabulista se asemeja a
la cigarra y no a la hormiga.
En efecto, en un
presupuesto de efectivos ingresos rentísticos de 180 millones, las minas
figuran con 58 millones, o sea casi la tercera parte del ingreso total, sin
numerosas formas hacer estimación de otras numerosas formas indirectas e
importantes de contribución que pueden imputarse igualmente a las minas. La
riqueza pública venezolana reposa en la actualidad, en más de un tercio, sobre
el aprovechamiento destructor de los yacimientos del subsuelo, cuya vida no es
solamente limitada por razones naturales, sino cuya productividad depende por
entero de factores y voluntades ajenos a la economía nacional. Esta gran
proporción de riqueza de origen destructivo crecerá sin duda alguna el día en
que los impuestos mineros se hagan más justos y remunerativos, hasta acercarse
al sueño suicida de algunos ingenuos que ven como el ideal de la hacienda
venezolana llegar a pagar la totalidad del Presupuesto con la sola renta de
minas, lo que habría de traducir más simplemente así: llegar a hacer de
Venezuela un país improductivo y ocioso, un inmenso parásito del petróleo,
nadando en una abundancia momentánea y corruptora y abocado a una catástrofe
inminente e inevitable.
Pero no sólo llega
a esta grave proporción el carácter destructivo de nuestra economía, sino que
va aún más lejos alcanzando magnitud trágica. La riqueza del suelo entre
nosotros no sólo no aumenta, sino tiende a desaparecer. Nuestra producción
agrícola decae en cantidad y calidad de modo alarmante. Nuestros escasos frutos
de exportación se han visto arrebatar el sitio en los mercados internacionales
por competidores más activos y hábiles. Nuestra ganadería degenera y empobrece
con las epizootias, la garrapata y la falta de cruce adecuado. Se esterilizan
las tierras sin abonos, se cultiva con los métodos más anticuados, se destruyen
bosques enormes sin replantarlos para ser convertidos en leña y carbón vegetal.
De un libro recién publicado tomamos este dato ejemplar: «En la región del
Cuyuní trabajaban más o menos tres mil hombres que tumbaban por término medio
nueve mil árboles por día, que totalizaban en el mes 270 mil, y en los siete
meses, inclusive los Nortes, un millón ochocientos noventa mil árboles.
Multiplicando esta última suma por el número de años que se trabajó el balatá,
se obtendrá una cantidad exorbitante de árboles derribados y se formará una
idea de lo lejos que está el purguo». Estas frases son el brutal epitafio del
balatá, que, bajo otros procedimientos, hubiera podido ser una de las mayores
riquezas venezolanas.
La lección de este
cuadro amenazador es simple: urge crear sólidamente en Venezuela una economía
reproductiva y progresiva. Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual
economía destructiva para crear las bases sanas y amplias y coordinadas de esa
futura economía progresiva que será nuestra verdadera acta de independencia. Es
menester sacar la mayor renta de las minas para invertirla totalmente en
ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura, la cría y las industrias
nacionales. Que en lugar de ser el petróleo una maldición que haya de
convertirnos en un pueblo parásito e inútil, sea la afortunada coyuntura que
permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora del
pueblo venezolano en condiciones excepcionales.
La parte que en
nuestros presupuestos actuales se dedica a este verdadero fomento y creación de
riquezas es todavía pequeña y acaso no pase de la séptima parte del monto total
de los gastos. Es necesario que estos egresos destinados a crear y garantizar
el desarrollo inicial de una economía progresiva alcance por lo menos hasta
concurrencia de la renta minera.
La única política
económica sabia y salvadora que debemos practicar, es la de transformar la
renta minera en crédito agrícola, estimular la agricultura científica y
moderna, importar sementales y pastos, repoblar los bosques, construir todas
las represas y canalizaciones necesarias para regularizar la irrigación y el
defectuoso régimen de las aguas, mecanizar e industrializar el campo, crear
cooperativas para ciertos cultivos y pequeños propietarios para otros.
Esa sería la
verdadera acción de construcción nacional, el verdadero aprovechamiento de la
riqueza patria y tal debe ser el empeño de todos los venezolanos conscientes.
Si hubiéramos de
proponer una divisa para nuestra política económica lanzaríamos la siguiente,
que nos parece resumir dramáticamente esa necesidad de invertir la riqueza
producida por el sistema destructivo de la mina, en crear riqueza agrícola,
reproductiva y progresiva: sembrar el petróleo.